De México a Palestina: los bonos de carbono

De México a Palestina: los bonos de carbono

Por Tracy L. Barnett
treeMucho ha sido escrito sobre los pros y contras de los “Bonos de Carbono”, como se le llama a las compensaciones por la emisión de dióxido de carbono. La idea, si no las has seguido, es que tú das dinero a una organización sin fines de lucro que planta árboles o invierte en materiales renovables con el objeto de reducir la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, en un intento de compensar la contaminación que has generado.

Hay muchos sitios en Internet que te pueden ayudar a calcular cuánto dióxido de carbono has generado y dónde deberías hacer donativos. Carbon Footprint es uno de esos sitios amables y flexibles que te permite calcular aspectos individuales de tu vida en lugar de realizar una auditoria completa. Ambas acciones pueden ser útiles, pero desde que me encuentro viajando, mi estilo de vida no corresponde fácilmente con ninguno de esos métodos. Como mi impacto principal sobre el medio ambiente son los viajes, yo calculo la cantidad de kilómetros recorridos y multiplico esa distancia por 1.9 para estimar las emisiones de dióxido de carbono de los aviones (la cifra es de Carbon Footprint). Eso te permite seleccionar una variedad de programas valiosos desde Kenia hasta Centroamérica.

Los críticos comparan este sistema con el indulto de la Iglesia católica en los tiempos medioevales que permitía a la gente “comprar” el perdón a sus pecados con donaciones a la Iglesia. Ellos argumentan que hay una gran variedad de grupos de Bonos de Carbono sin regular y sin forma de saber con seguridad que los árboles que tú pagas van a ser plantados en realidad.

Ahora no estoy interesada en comprar ningún indulto o cualquier versión moderna como el greenwashing o simulación ecológica; y tampoco me preocupa realmente que la cantidad de dióxido de carbono que genero se traduzca precisamente en un número correspondiente de árboles. Pero sí estoy interesada, sin embargo, en minimizar su impacto mientras promuevo el cambio social.

De esa manera, cuando supe que The Farm en Tenesí, un estado al centro-este de Estados Unidos, había creado un sistema que permitía donaciones que serían usadas para plantar árboles en la granja Marda Permaculture Farm, decidí tomar esa ruta. Yo confío en el juicio de los compañeros de The Farm, que por décadas ha sido una organización líder en la promoción de una vida sustentable en el mundo. Además, conozco muy bien el proyecto en Marda, un pueblo palestino de unos 2,000 habitantes en Cisjordania, en la ribera occidental del río Jordán.

Aunque no los conozco directamente, tengo relación personal con la granja Marda Permaculture porque mi hermana Tami Brunk es una de sus cofundadoras. Ella trabajó con la fundadora Murad Alkufash para crear la organización, con viajes a Marda. Ella me ha compartido mucho acerca del trabajo del grupo a través de los años, no sólo en términos de proveer una seguridad alimenticia indispensable, sino también para estimular la esperanza y construir la capacidad de sobrevivencia en los territorios palestinos, donde la necesidad de tener esas cualidades es muy grande.

Entonces, una vez que decidí dónde poner mi dinero, hice mis propios cálculos con la ayuda de la página Trees for Airmiles page y la herramienta Geobyte’s City Distance Tool para calcular mi kilometraje: Volar de San Luis, Misuri, a la ciudad de México, vía Dallas, acumuló 2,383 kilómetros; multiplica eso por 1.9 como sugiere Carbon Footprint y tienes entonces 4,527 kilómetros. Entonces hice un cálculo rápido de lo que pienso serán mis viajes en los próximos dos meses: Ciudad de México – Guadalajara – Nayarit – Guadalajara – Ciudad de México, luego a Cuernavaca, Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Quintana Roo antes de dirigirme a Belice. Todo eso acumula, a grandes rasgos, cerca de 4,494 kilómetros.

Uniendo todo, los primeros dos meses me llevarán 9,021 kilómetros recorridos en México. Con el cálculo de The Farm de un árbol por cada 8,046 kilómetros de viaje aéreo y un árbol por cada 1,770 kilómetros de viaje terrestre (aunque viajaré principalmente en autobús, lo que reduce considerablemente el impacto al medio ambiente), he llegado a la conclusión de que estaré cubierta con $10 dólares al mes, lo que equivale a plantar cerca de 30 árboles este año.

No sé si esto sea suficiente o demasiado, pero al menos lo estoy tratando como lo hacen los compañeros en Marda. Y como yo lo veo, eso está bien.

¿Qué piensas y cuáles son tus experiencias con los Bonos de Carbono? Compártelas en la sección de comentarios.

Traducción de Jorge Luis Sierra

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