Dando botella en Cuba, o, Muchos caminos a Playa Girón

Dando botella en Cuba, o, Muchos caminos a Playa Girón

(arriba: vista a través de mi parabrisas de una carreta tirada por caballos en la carretera de la Costa Norte de Pinar del Río)

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Por Tracy L. Barnett
Traducido por Luis Arias Blanco

PINAR DEL RIO, CUBA – Me habían advertido acerca de los excursionistas que se congregan en las carreteras pidiendo aventón, el transporte público fuera de la ciudad es escaso, lento y sobrecargado de pasajeros, es afortunado el cubano que tiene vehículo propio.

Aún así, estaba sorprendida por la enorme cantidad de personas concentradas debajo de los puentes y a lo largo de las rampas (paradas de autobús) y la escasez de vehículos disponibles a lo largo del camino para abordarlos. Algunos se sientan en maletas o bolsas de lona y simplemente esperan; los más emprendedores se trepan a los vehículos que pasan, ”pidiendo botella” (termino Cubano para pedir un aventón, o raid, a los que tienen vehículo propio).

Dar un aventón a los excursionistas es símbolo de buena voluntad en un país donde en cualquier día, decenas de miles de cubanos están en la carretera pidiendo “botella”, -escribe Christopher Baker en la guía turística Moon de Cuba-. Sin embargo, hay informes de asaltos, asi que no recomendamos la actividad.-

Pero…¿Cómo conciliar este riesgo? He hablado con numerosos cubanos y extranjeros antes de mi viaje por carretera a través de la campiña cubana. En fin, decidí seguir mis instintos y lo que comenzó como un acto de solidaridad terminó dandome una compañía agradable, conversación animada y una entrada en la vida cotidiana de decenas de cubanos, un vínculo real que hasta entonces había sido difícil de lograr. Nunca me sentí amenazada en lo más mínimo. Es más, he encontrado que son excelentes guías para llegar a mi destino a lo largo de las carreteras donde los señalamientos son muy escasos y las direcciones son ambiguas.

Sin embargo para no arriesgarme decidí dar aventón principalmente a madres con niños, y ellos me guiaron a través de Pinar del Río, a Las Terrazas en el primer día y de Viñales en la segunda. Tienden a ser tímidos, y las conversaciones fueron un excelente rompehielos, hablamos de los niños, de los huracanes, de las condiciones meteorológicas. Muchos tenían un hermano o un hijo o un primo en Miami. Muchos querían ir allí.

Yo había traido conmigo una bolsa de coloridos boligrafos de gel para regalar a los niños en el camino, y estos fueron un buen pretexto para iniciar una conversación. Invitaba a los niños y a sus madres a elegir su color favorito.

Al tercer día de mi estancia en Cuba, me dispuse a hacer el recorrido mas largo de mi viaje desde Viñales, en el noroeste, a través de La Habana y hasta la Bahía de Cochinos, en el sureste. Según me dí cuenta al estudiar el mapa sería más largo y complicado que el viaje a Pinar del Río. La ciudad más cercana era Cienfuegos, así que decidí pedir orientación en esa ciudad.

El primer recorrido, fue de dos horas de viaje a La Habana. Opté por el camino paralelo a la Costa Norte, un poco más largo y lento que el autopista al sur, pero más interesante, pasando por pequeñas ciudades como Las Palmas y Bahía Hondo.

Empecé temprano, cuando la niebla aún cubría los mogotes, las extrañas formaciones que se elevan sobre el paisaje aquí. Sin embargo, las personas habían salido a las carreteras para esperar la botella. Le ofrecí aventón a una viejita delante de su cabaña de madera fuera de Viñales, y pronto ella estaba conversando con una joven que recogí en el siguiente pueblo. Ambas se conocían, pero no se habían visto desde que la joven era una bebé. Los vecinos atrapados en los chismes, que se iba a casar, que había tenido un bebé, que había ido para los Estados o por alguna otra parte.

Una madre y sus dos hijos señaló Mariel, una ciudad industrial adormecida en la costa norte, famosa por el incidente del éxodo de 1980, cuando el gobierno permitió que 120,000 disidentes navegaran hacia Estados Unidos. Un manto de humo se cernía sobre la ciudad, poco común a lo largo de los cielos azules de otra manera aguda y las aguas de la costa norte. Se quedaron en silencio cuando bajé del auto para tomar una foto.

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Por último estuvimos en La Habana, y me despedí de mis últimos pasajeros de la mañana quienes me dijeron como regresar para tomar la autopista de vuelta en la otra dirección. Estaba confundida y la falta de señalización, el tráfico y las formaciones complicadas que conectan las carreteras sólo empeoraron las cosas. Perdí media hora buscando la carretera a Cienfuegos. Me estaba acalorando y tenía hambre.

Por último, vi a un hombre muy pulcro de edad avanzada que estaba sentado en una banca de concreto en posición de “buda”, detuve el coche y baje la ventanilla -Yo soy Alberto Reyes Reyes Cruz-, anunció a sí mismo. -Soy cristiano y testigo de Jeovah-. Antes de que pudiera retirarme, se tomó de la portezuela del coche saludandome con su gorra de Che Guevara.

¿Conoces el camino a Cienfuegos?, Le pregunté.

¿Que si conozco el camino?-, ¡Cómo no habriá de conocerlo si ahí nací!, Exclamó, sonrió diciéndome: puedo encontrar Cienfuegos, con los ojos cerrados. Te llevaré allí.

-En realidad, estoy buscando Playa Girón.

-¡No hay problema! ¡Conozco muy bien Playa Girón! Luché en la Bahía de Cochinos-; me aseguró.-Usted llevame a Cienfuegos y yo le mostraré el camino a Playa Girón-.

¿Qué suerte de encontrar un veterano, pensé – puedo conseguir una entrevista en el camino. Me felicitaba por mi buena suerte y nos dirigimos hacia la carretera.

-Yo soy Alberto Reyes Reyes Cruz-; me informó. -Soy poeta, músico y loco. No se preocupe – Jesús es mi pastor y yo siempre le sigo, por lo que nunca me pierdo-.

Habló sin parar en su fuerte acento cubano, contándome historias acerca de su abuela de 100 años de edad y de su abuelo de 105 años, sacando una fotografía de su mochila para enseñarme, la cuál colocó en mi guía, para que nunca me olvidase de él. Tuve que poner mucha atención para comprender lo que me platicaba y me olvidé de mirar los señalamientos de la carretera de vez en cuando.

-Espera… ¿Se supone que debemos tomar esa ruta?-; le pregunté; -No, no-, dijo. -Recuerde, que yo nací en Cienfuegos. Puedo encontrar Cienfuegos con los ojos cerrados. Luché en Playa Girón. No te preocupes. Ahora bien, ¿no te dije que Jesús es mi guía?-.

Empezé a meditar. ¿Podría este buen hombre realmente haber luchado en la Bahía de Cochinos, si sus abuelos aún estaban vivos? Yo estaba dudosa.

-No, te dije, yo tenía 13 años en el momento de la invasión de Bahía de Cochinos-, dijo. -Yo tenía mi propia arma, y luché junto con los demás. ¡Los cubanos, somos guerreros de nacimiento!-.

Esto último me pareció razonable, por lo que continuamos, pensando siempre en pedirle más sobre su experiencia en la invasión tan pronto como salieramos de la ciudad y se despejara el tráfico.

Sin embargo, pronto me estaba contando de todas las otras cualidades importantes que poseen los cubanos, incluyendo sus romances. ¿No me casé, y no me gustaría haberlo hecho? Me preguntaba. Me dijo que tenía una hermosa casa en Cienfuegos, y que yo podía ir a vivir con él si lo deseaba.

Pensé: “Es hora de darle aventón a alguién más en el camino”, y vi a una mujer de pie sola en el marco del próximo puente. -Yo soy Alberto Reyes Reyes Cruz-, anunció él hombre a la mujer antes de que pudiera decir una palabra; -Soy poeta, músico y loco-.

-¿Adónde vas?-; Le pregunté a la mujer.

-Matanzas-, dijo.

-¡Matanzas! ¡¿Eso esta en la Costa Norte?!-, Exclamé, sorprendida.

Sí, por supuesto – usted está en la Costa Norte. Estamos a sólo una hora de Matanzas.

-Pero yo no quiero ir a Matanzas – ¡Quiero ir a Playa Girón! ¡Quería tomar la carretera al sur!

-Oh, usted paso la desviacíon en la carretera hacia allá desde hace mucho tiempo-, dijo. -La mejor manera es ir a Matanzas y tomar la carretera hacia el sur-.

Me volví a Jesús-es-mi-guía.

-¡Usted dijo que conocía el camino con los ojos cerrados! Este no es el camino a Cienfuegos o Playa Girón – ¡Es el camino a Matanzas! ¿Por qué me dijó que conocía el camino si no es así?-.

-Ah, pero no te preocupes, todo pasa por una razón-, dijó alegremente-;Mira, un regalo que te traje – es Baby Elián-, sacó una muñeca de plástico y la pusó en el tablero del vehículo, junto con un delfín de goma sucio que saco de su bolsa empolvada- ¡Viva Cuba Libre!-.

De repente, el mar azul brillante vino a la vista a mi izquierda.

Yo estaba furiosa. Era tarde ya y Playa Girón estaba a kilómetros de distancia. El señalamiento al lado del camino anunciaba Playa Varadero, la turística ciudad costera a donde llegan el 90 por ciento de los turistas, y que ha sido descrita como una continuación de Cancún o Miami, sin las ventajas de estas. Yo quería ver algo diferente, quería tener una playa, sí, pero también una historia que contar.

Hoy me había programado para llegar temprano a Playa Girón, escenario de la emboscada tendida cuando la invasión de Bahía de Cochinos y el día de mañana tenía programada una gira a Ciénaga de Zapata, los humedales y el criadero de cocodrilos. Luego regresaría a La Habana antes del anochecer. Este error me costaría la tan esperada tarde de esparcimiento en la playa.

-Siempre hay tiempo suficiente si estás disfrutando de la vida-, comentó Alberto. -Mira, allí está la playa. ¡Vamos a nadar!-.

-¡No! ¡Yo no quiero ir a nadar! ¡Quiero ir a Playa Girón! ¿Por qué me dijiste que conocías el camino?-.

-Oh, no, ella está enojada-, dijo Alberto balbuceando a la niña de atrás quién trataba de no reírse. -¡Ella me va a dar una pateada en el trasero!-.

Yo conducía, con el ceño fruncido. Las arenas blancas brillaban contrastando con los azules multicolores de mar y cielo. Finalmente me decidí olvidar el incidente y disfrutar del momento. Yo estaba conduciendo el automóvil a través de la Cuba de Castro, una joya conservada en una cápsula de tiempo, algo que pocos tienen la oportunidad de hacer. Estaba en la hermosa costa norte, área que también podría disfrutar. Me detuve para tomar una foto.

Estaba revisando mi camará cuando estalló la niña en risas. Seguí su mirada hacía Alberto, quién posaba para mi camara en espectacular pose con la playa y el mar de fondo.

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Mi siguiente parada fue en la estación de control de carretera, donde le pregunté al oficial de policía para las direcciones de Playa Girón, ya no iba a confiar en las direcciones de los excursionistas que piden botella.

El oficial me anotó los nombres de dos ciudades: Jovellanos y Jagüey. Cuando llegué a Matanzas, debía preguntar que camino tomar a estas ciudades.

La niña a la que le dí botella se despidió de mí.

-No parece peligroso, pero uno nunca sabe, más cuidado para la próxima-, advirtió en voz baja mientras salía del coche. Me di la vuelta en Matanzas, considerada como la Atenas de Cuba. Pude ver por el camino bordeando la bahía, como el sol iluminaba los edificios blancos a lo largo de la orilla del mar. El tráfico, los almacenes en ruinas y las torres de la ciudad industrial, daban marco a una ciudad que realmente no era tan parecida a Atenas, pero las aguas azules brillantes eran tan bellas que lo pasé por alto.

Contrastaban vehículos de colores brillantes con carretas de madera jaladas por caballos, no estaba planeado como atracción turística en esta ciudad Matanzas, simplemente es la forma de vida del lugar.

He seguido las instrucciones del policía, y pronto estoy en rumbo a Jovellanos con otro par de señoras en el asiento trasero.

-Yo soy Alberto Reyes Reyes Cruz-, anunció él mismo a las señoras antes de que pudieran decir una palabra. -Soy poeta, músico y loco-.

Él empezó a contarles también, de sus abuelos, mostrando la foto.

Las mujeres en el asiento de atrás estaban en silencio y una de ellas con cara de susto. Ahora me preguntaba si había algo en el discurso de Alberto de cierto. Tal vez estaba realmente loco y no en el buen sentido. Comencé a preguntarme cómo me iba a librar de él.

-No te preocupes-, dijó, como si estuviera leyendo mi mente. -Tengo una tía que vive en Playa Girón. Ella se está muriendo de cáncer. Tengo que verla. Voy a encontrarla; podemos quedarnos en su casa-.

-¿Usted tiene una tía en Playa Girón que se está muriendo de cáncer? ¿Por qué no me lo dijó de antes?-.

-Bueno, usted estaba enojada conmigo-, gimió, haciendo un gesto exagerado para protegerse a sí mismo.

Suspiré, exasperada, y traté de hacer conversación con las señoras sentadas en la parte trasera del coche.

-Parece algo estresada, le comenté observando la evidente muestra de dolor en el rostro de una de ellas.

-Estoy cansada-, dijo. De repente me pidió que la dejara al lado de la carretera, sin destino aparente a la vista. Ahora estaba realmente preocupada.

Por último, Meiky, la última pasajera que llevaba, tomó la palabra.

-Mire-, dijo, -tengo que decirle, que se dirigen a una zona muy peligrosa. Hay crímenes allí todo el tiempo. Es por eso que la señora estaba tan angustiada. Usted no debe ir sola.

-Mi hijo solía ir a la escuela. Él trabaja en seguridad, y sabe sobre estas cosas. ¿Por qué no mejor pasa la noche en mi casa, y podemos preguntar a mi hijo al respecto? Tenemos un pequeño rancho en el país – es muy tranquilo, un pequeño paraíso, ya lo verá-.

-Sí, vamos a ir al pequeño paraíso pacífico-, intervino Alberto. Se estaba poniendo nervioso.

Fuí inflexible. -Tengo que llegar esta noche a Playa Girón-, le dije. -Era mi única oportunidad, el coche debe ser devuelto mañana.-

Tenía una misión. Era mi trabajo y asi estaban las cosas.

-Ok, entonces – ¡Ven conmigo, y vamos a hablar con mi hijo. Él está en su día libre. Le puede acompañar y asegúrarse de llegar con seguridad-.

Fui escéptica. La policía, después de todo, me había dicho que tomara este camino.

-A veces los policías son corruptos-, advirtió. -Sólo tengo un mal presentimiento acerca de ese lugar. Mira, toca mis manos, me dan escalosfríos sólo de pensar que vas sola.

Sus manos de verdad estaban heladas a pesar de que hacía calor.

-Mira, si tienes que ir esta noche, voy a enviar a mi hijo contigo. Mi hijo es mi bebé – Yo no le enviaría con cualquiera. Pero le puedo decir que eres buena persona y no quiero que nada malo te suceda-.

A pesar del peligro que podría o no esperarme en Jovellanos, me preocupaba el tiempo. Era media tarde ya y el sol se pone temprano en los trópicos. Las guías de viaje, la agencia de alquiler y todos los demás me habían advertido de la necesidad imperiosa de estar fuera de los caminos al anochecer en Cuba, debido a los animales errantes, baches inesperados y falta general de iluminación.

Decidí ir al encuentro del hijo de Meiky y junto con él revisar el mapa para ver otras opciones. Finca Buena Vista era realmente tranquila, una pequeña casa en una colina en medio de platanares y palmeras de coco. Padre e hijo nos esperaban: Fernando, un hombre de hablar tranquilo y sonrisa suave, y Eduardo.

El bebé de Meiky era de seis pies de altura, con un fisíco bien construido, cabello tostado por el sol, un tatuaje de un puma en el hombro y un rostro muy serio.

-Sí, Jovellanos es un área difícil si piensa ir sola, podría perderse, no hay señalamientos-.

-¿Podría llegar a Playa Girón antes del anocher?-; pregunté. Era ya cerca de las 3 y el sol se pone aquí antes de las 7. Se me había ido todo el día en recorrer una distancia que me parecía en el mapa ser igual a la distancia que me faltaba.

-Oh, sí, usted puede hacerlo-, me aseguró el joven. -Puedo ir con usted y mostrarle el camino. No es ningún problema-. -Pero ¿cómo va a volver?-, pregunté. -Yo no voy a volver por esa ruta.

-No es ningún problema-, repitió. -Pido botella de regreso-.

Su padre estaba ya ocupado sacando los nuevos tenis para el camino. Alberto, que ya había saludado con su conocida frase de “poeta, músico y loco”, estaba tratando de hacer amistad con el hombre mientras le mostraba fotos de sus abuelos.

-Me quedaré aquí en el paraíso-, anunció Alberto. -Me quedaré con mi hermano Fernando-.

Bueno, finalmente algo de buenas noticias. La familia aceptó que Alberto se quedase y acordaron en llevarlo hasta la parada de autobús.

Aprensión cruzó por mi mente al ver a Eduardo salir de su habitación con una camisa nueva, bermudas nueva y tenis nuevos. ¿Como esta pobre familia tenía el dinero para comprar ropa nueva? ¿Qué tal si se trataba de una trampa? ¿Y si había una banda en Jovellanos? ¿Qué pasa si hicieron su dinero robando turistas desprevenidos y tiraban sus cuerpos en la Bahía de Cochinos?

Me senté en silencio reflexionando mientras bebía la taza de café cubano que Meiky había hecho para mí y observé a Eduardo tomando la presión arterial de su madre, preocupado por su dolor de cabeza. Me preocupé por el mio.

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Fernando estaba escuchando atentamente las historias de Alberto de sus abuelos. Los pájaros cantaban en un árbol fuera de la ventana. -Por favor, prométeme que vas a cuidar a mi bebé-, imploró Meiky.

Tomé un respiro profundo, dijé una oración y decidí poner mi confianza en esta familia y Eduardo, y me preparé para salir.

No sin que antes Alberto me pidiese un beso de despedida y un par de pesos para la carretera.

Rompí a reir. -Realmente estas loco-, le dije. -Tu deberías darme un par de pesos por todos los problemas que me has causado-.

-¡Oh, no, me va a dar un pateada en el trasero!-; El viejo se encogió detrás de Fernando. Confieso que la idea me pareció buena-.

La mirada divertida de Fernando se cruzó con la mía. -No te preocupes por nada-, dijo. -Cuidaremos de él-.

Nos dirigimos hacia el sur y Eduardo rápidamente me tranquilizó. Estudió para ser un oficial de seguridad para poder mantenerse a sí mismo, explicó, pero en realidad su pasión era la música. Su banda toca música tradicional cubana y una fusión de estilos caribeños, dijo. Tenía la esperanza de conseguir una camara de video profesional para videograbar su grupo musical, pero la economía lo hacía muy difícil.

Me habló de ir a la escuela aquí en el campo, donde los estudiantes eran obligados a trabajar en los campos por la mañana, para luego volver a sus estudios en la tarde. No le molestaba, dijo. -Es una manera en la que podemos dar algo a cambio-.

Jovellanos no parecía peligroso, pero era confuso, con muchos vericuetos por las calles polvorientas en el camino a la autopista, lo cruzamos y pronto avistamos la Bahía de Cochinos, con un mar azul brillante bordeado con un pantano de manglares.

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Nos topamos con una chica a la que le dimos un aventón con cabello teñido de marrón-violeta y un estilo muy chic, y pasamos unos anuncios que hablaban de la invasión y el imperialismo yanqui. Les pregunté qué pensaban de esto.

-Eran otros tiempos-; dijo Eduardo. -Tenemos que seguir adelante. Es cierto que el bloqueo nos ha causado muchos problemas, pero el gobierno quiere culpar de todo a los norteamericanos – y no es realmente posible que TODO sea culpa de ellos.

-Estamos orgullosos de la revolución y no queremos renunciar a nuestra independencia. Pero es tiempo de un cambio-.

La chica estuvo de acuerdo. -Nosotros no necesitamos ser enemigos de los yanquis. Esos días han terminado. Eso es una tontería política-.

-El cambio de gobierno tiene a todos en suspenso-, dijo Eduardo. -Si va y pregunta por ahí, encontrará que la mayoría de la gente es muy leal a Fidel – Probablemente el 90 por ciento del país es Fidelista-, dijo. -Fidel siempre estuvo cuidando de nosotros – si había un huracán, él estaba allí justo después, visitando todos los pueblos-. -Con Raúl, es diferente, no sabemos qué esperar-

Pasamos por kilómetros y kilómetros de manglares antes de llegar a un letrero que anunciaba: -Playa Girón: La última derrota del imperialismo en América Latina-.

Yo había perdido la hoja en que estaba escrito el nombre de mi casa particular y Eduardo se detuvo para ayudarme a localizar a una casa de huéspedes disponible – la casa de Sebastian Urra Delgado, verdadero sobreviviente de la invasión – antes de despedirse para dirigirse a la parada de autobús. -Me gusta terminar un trabajo bien-. dijo.

Le ofrecí 20 dólares por su trabajo y él se negó a aceptarlos. -Absolutamente no-, dijo. -Ha sido un placer poder ayudarle. Si yo estuviera en su país en medio de un problema, supongo que usted me ayudaría.

-Además, en casa hubiera estado aburrido-. Intercambiamos emails y se comprometió a permanecer en contacto, me deseó un buen viaje y se dirigió a la parada de autobús.

Hice arreglos para la cena con Sebastian y su esposa (Caridad): langosta fresca de la bahía. Sebastián se comprometióa acompañarme en la cena y a contarme sus recuerdos de la invasión.

Caminaba por las polvorientas calles del pueblo pasando por pequeñas casas de madera y perros flacos, aves y cabras y los niños, hacia el Malecón, la estructura de cemento en ruinas que alguna vez sirvió como una gran entrada a la ciudad – construida después de la invasión había hecho la zona centro de atracción, hoy se encontraba en ruinas. Cerca de 300 personas murieron aquí hace medio siglo, prácticamente todos ellos cubanos, algunos fueron invasores cubano-americanos patrocinados por la CIA y otros fueron defensores de su patria cubana.

El sol era una bola brillante de fuego descendiendo en el horizonte. Me senté al borde del Malecón observando los colores profundizar en las aguas cristalinas mientras bañaban mis pies. Detrás de mí, algunos turistas se estaban bajando de un catamarán para dirigirse a su hotel.

Los tiempos han cambiado, pensé, y están cambiando aún mas. Al igual que Eduardo, me preguntaba qué depara el futuro para esta isla atrapada en el tiempo. El último rayo rojizo-dorado de sol cayó sobre el mar y me fui a cenar.


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