Por Tracy L. Barnett
Traducido por Julie Butler
SAN LUCAS TOLIMAN, Guatemala – El director de escuela Anexo, Aroldo Jerez Celada, últimamente el director de albergue para los damnificados de Agatha, entiende la importancia de los árboles para la prevención de desastres como la tormenta tropical Agatha. Además, ha visto de primera mano el desastre humano que dificulta la necesidad evidente a reforestar.
“Por supuesto, nosotros a la escuela nos inquietamos por este desastre, ubicado como estamos al pie de estos volcanes. Hemos hecho mas que inquitearse: hemos intentado hacer algo ante él.”
Hace algunos años organizó un grupo de voluntarios sociales con estudiantes para plantar árboles en las laderas empinadas circundantes de este pueblo. Consulta con expertos sobre cuáles especies eran buenas para estas condiciones climáticas y recauda fondos para comprar las estaquillas.
El grupo estuvo orgulloso y jubiloso con su primer plantación de 500 árboles. Tuvieron un proyecto para seguir manteniéndolos, repartiendo turnos para subir las laderas a verificar y regar durante la época seca. Pero un día descubrieron que la zona plantada había sido cercada. La pendiente empinada estaba prevista para urbanización.
En muchos casos, las municipalidades tienden a ser más parte del problema que de la solución. Aquí, un barrio muy afectado por la tormenta fue el complejo de viviendas subvencionadas construido al lado de una ladera. El día de la tormenta y todavía el día siguiente, los oficiales estuvieron notablemente ausentes, me dijeron Jerez y otros.
“Nuestro municipalidad, desgraciadamente, necesita ser más organizado,” dijo Jerez. “No tenían plan, nadie sabía que hacer o dónde ir.”
Empecé el día con Rony Lec, del Instituto Mesoamericano de Permacultura, y otros miembros de una coalición de grupos sociales reunidos en la sala municipal. Estaban trazando un plano de emergencia, asignando tareas, sin aporte aparente de la municipalidad que estuvo en gran parte ausente. Rony dirigía la reunión. Como la mayoría de los otros en esta comisión, él trabaja de tiempo completo sin sueldo para ayudar a organizar la respuesta a la tormenta. Dejé el grupo hacer su tarea enorme y me dirigí a la escuela/albergue para entrevistar a Jerez.
El sábado por la mañana, después de unas 12 horas de lluvia intensa y torrencial que seguía sin disminuir, Jerez se atrevió a alquilar un mototaxi y echar una mirada a su alrededor.

“Me di cuenta a las 9 horas que tuvimos un desastre,” dijo. “Ya había muchas familias en la zona del campo de fútbol de quienes sus casas estaban bajo del agua.”
Algunas horas más tarde, vinieron los primeros deslaves de tierras, y entonces la gente empezó a llegar. A partir de hoy, seis días más tarde, él cuida de 40 familias, 72 personas en total.
Nadie apareció del municipalidad hasta el día próximo. Aroldo tuvo niños enfermos en el refugio, incluyendo una niña con neumonía, y él asumió la responsabilidad de contactar una organización para pedirle medicina donada que llegó 24 horas más tarde. Me mostró con orgullo su amplia reserva.
Reservas para emergencias por fin habían sido repartidas por el gobierno federal el martes. Pero no había personal para coordinar el reparto, y la comida y otras reservas fueron agarrados por quienquiera estaban allá.
De repente, un golpe se escuchó en la puerta. Por fin el alcalde llegó.
Era mi chance de conseguir una entrevista, pensé. Salí con Jerez, a descubrir el alcalde rodeado por los habitantes del refugio, cada uno intentando decir su historia, suplicando ayuda. Mientras rodaban las cámaras, el alcalde les escuchó atentamente con lágrimas en sus ojos. Prometió hacer lo que podía y se puso en dirección a la puerta.

Le detuve para pedirle algunos minutos de su tiempo y me dijo que lo encontrara en su oficina en media hora. “Él no estará,” un hombre en el refugio se rió.
Tenía razón; no era el alcalde. Lo esperé una hora. Por fin, lo vi acercándose a la plaza central, flanqueado por una multitud, hablando a muchos ellos. Entonces se preparó para salir. Me acerqué y conseguí su atención, su disculpa, su número de telefono, y acordé llamarle en el tarde. No había respuesta, y su correo de voz no aceptó mensajes. Entonces, lamentablemente, no puedo contar su versión.
Félix Gómez, un representante de la Fundación Guillermo Toriello, una dedicada desarrollo social, preside la comisión para la emergencia. Había sido entrenado en manejo de riesgos y trabajaba en la comunidad para preparar a la gente para desastres como éste, cuando Agatha cayó con todo su furia y él se quedó atrapado acá.
“Escuchamos en las noticias del jueves que la tormenta fue viniendo” dijo Gómez. “Lamentablemente no tenemos cultura de preparación para desastres.”
Gómez ya había avisado a oficiales del gobierno que la gente no debería vivir en zonas de alto riesgo al pie de las montañas, pero su aviso no tuvo atención.
Voluntarios crearon un formulario y fueron de refugio a refugio realizando un censo durante los dos primeros días. Los acompañé. El día tercero, empezamos a ir a los barrios de la periferia y a contactar a los líderes para conseguir un cálculo de cuantos había dejado sin hogar y no habían venido a los refugios.
Ayer, en refugio Pavarotti, la familia Sicay, Juan y Petrona, me invitó a su casa para ver los daños. Vivían cerca de la familia que fue sepultada en su casa y acordaron mostrarme el lugar.

Los Sicays fueron una de las familias que vivían cerca del campo de fútbol, y su casa se llenó con agua el viernes por la inundacion torrente, antes de que empezaran los deslaves de tierras. Agarraron a sus hijos jóvenes y a los dos hijos más grandes y huyeron, corriendo por la calle con el agua hasta el pecho. No tuvieron ningún sitio a donde ir, y caminaron entre el aguacero hasta que llegaron a la casa de una familia que les cuidó hasta que se abrió el refugio.
Me mostraron la cocina, que tenía sólo un mueble – uno que antes servía para guardar sus platos. La mayoría se lo había llevado la tormenta. Pregunté donde estaba la estufa.
“Nunca tuve estufa – hacía mis tortillas aquí,” dijo Petrona, arrodillándose sobre lodo al lado de un par de bloques, donde antes hacía el fuego. “No te mentiré. Esto es como vivimos.”
Un hueco grande en el fondo de la cocina mostraba cómo corrió el río dentro de su casa.
Luego, toda la familia entraron en fila al área de la habitación pequeña anexa, en donde colchones se apretujaban en un espacio estrecho, y un tocador rebosó con ropas mojadas. Una cuerda extendieron al largo del cuarto, donde colgaron espigas a secar, mismas que estaban empezando a enmohecer.
“Traeríamos nuestras ropas de afuera y intentaríamos salvarlas, pero no tenemos ningún lado para traerlos,” me explicó Patrona.
El hijo mayor, Juan Antonio, estaba atrás, intentando a rescatar lo quedó de la pequeña parcela con maíz, pero había muy poco para salvar. La mayoría estaba cubierto con lodo.
Al fin, les pedí llevarme al lugar donde la familia se había negado a salir de su casa y había quedado enterrada. Eran el padre, la madre, sus tres hijos, y un vecino que había intentando a rescatarles.

El día terminó con un rayo de esperanza de una fuente más alta que el gobierno. La noche antes, noté una multitud congregándose por las calles, maravillarse por una luz brillante que venía desde los cerros. Era tan arriba que nadie podía subirse el cerro para poner una lámpera.
Al otro lado del deslave de tierras relució otra cosa – una imagen blanca de la Virgen María, desde un área de piedra estéril.
Para ver de más cerca, fui al pie del cerro con los jóvenes Emilio y Eliazar, con quienes estaba haciendo encuestas de los refugios y los barrios. Un campesino estaba detrás de su casa cuando pasamos, y le pregunté que pensó de todo esto. “Bien, el libro bueno dice que habrá muchos presagios en los días últimos,” dijo, con carcajada. “Creo que los estamos viendo.”
Emilio y Eliazar tenían otra perspectiva en la situación. “Lo fui viendo más como señal de ánimo, como diciendo que cosas serán buenas.” dijo esperanzado Emilio.
Hoy, mientras regresé de las casas destruidas, la gente se congregaba en las calles para presenciar otro maravilla – un grupo de jóvenes subiendo la montaña para presentar los respetos. Mis amigos Emilio y Eliazar, fueron con ellos.

Aquí, algunas imágenes del día segundo en San Lucas.
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