Por Tracy L. Barnett
SUCHITOTO, El Salvador – Una suave brisa agita el techo de paja del refugio en la cima de la colina, aquí en el Instituto Permacultura. Una mariposa morfo pasa revoloteando, su color azul eléctrico acentúa agudamente contra el azul apagado del volcán de Guazapa al fondo. Un fondo pacífico incongruente con la violencia, masacres, tierra quemada y evacuaciones forzadas que arrasaron con esta región hace menos de 2 décadas.
Esa montaña, que era el único escondite de las fuerzas guerrilleras en kilómetros a la redonda, era bombardeada diariamente y quemada repetidamente, y el propio pueblo de Suchitoto se convirtió en un campo de batalla.
Llovían cientos de toneladas de artillería, fósforos blancos y napalm, en los bosques de estas tierras los cuales alguna vez fueron exuberantes, incluso secando los manantiales, las personas obtenían agua.
Pero la Madre Tierra tiene una manera de salvarse a sí mismo, y a sus habitantes; y estas tierras y la gente que la trabaja, son una prueba viviente de esta realidad.
El Instituto de Permacultura – El Salvador, o por sus siglas IPES, ha transformado esta pedregosa montaña en la región de Suchitoto, una hora de la ciudad capital de San Salvador. En parte por las fuertes organizaciones comunitarias, que se formaron antes de la guerra, Suchitoto se ha demostrado ser tierra fértil para una nueva propuesta del desarrollo de la comunidad iniciado por los campesinos, excombatientes y una permaculturista terca de origen británica.
Karen Inwood era una especialista en el desarrollo comunitario, en busca de una propuesta diferente cuando conoció a Juan Rojas, un ex disidente salvadoreño, forzado a dejar su país durante la guerra. Rojas, por un giro del destino, terminó en Australia, donde conoció a Bill Mollison, fundador de un sistema innovador de diseño ecológico conocido como permacultura.
Rojas se emocionó con la idea del sistema como una propuesta para reconstruir su país después de la guerra, y regresó en 1993 luego que los Acuerdos de Paz fueran firmados, para ver qué podía hacer. Al darse cuenta que los principios permaculturales tienen mucho en común con las prácticas ancestrales de agricultura, inició en el fuertemente impactado departamento de Morazán, el cual es también el lugar donde aun vive la concentración más grande de indígenas. El empezó a trabajar con los campesinos locales para aprender sus prácticas tradicionales. Utilizando el método de campesino a campesino, empezó a difundir estas ideas de los principios de la permacultura, y luego empezó a trabajar con líderes en el departamento de La Libertad y su natal Sonsonate.
El primer diseño permacultural mesoamericano se llevó a cabo en Perquín, Morazán en 1998 con la participación de campesinos de México, Guatemala y El Salvador. Estos primeros permaculturistas mesoamericanos continuaron para formar la base de lo que luego se convirtió en IPES en El Salvador y IMAP en Guatemala, entre otros.
En el 2000, viajó a Inglaterra para asistir a un curso de entrenamiento de ecoaldeas en la Fundación Findhorn, y Karen, a quien conoció allá, se intrigó con su proyecto.
Se dirigió a El Salvador para ayudarlo a construir el Instituto de Permacultura, y llegó a un país desesperadamente necesitado de lecciones de autosuficiencia y sustentabilidad, de la cuales Juan y otros se encargaban de esparcir.
“Siempre he visto a las ecoaldeas como un estilo de vida alternativo para aquellos con los recursos para comprar tierra e ir al campo y hacer lo suyo,” dice ella. “Mi interés era usar la permacultura para impulsar un cambio social, más que para una elección de estilo de vida, y vine a El Salvador precisamente para eso.”
La permacultura, como Inwood lo explica, puede ser aplicada en todo, desde agricultura, a arquitectura a diseño comunitario. Su mayor aplicación aquí, por el momento, es enseñar prácticas sustanciales de agricultura y de vida, para los agricultores de subsistencia que luchan al filo de la supervivencia en todo el campo salvadoreño. En la práctica, puede significar la diferencia entre la desnutrición y la miseria, y una vida de buena salud, dignidad y autonomía. Además, en una era de cambio climático, cuando esta pequeña y densamente poblada nación centroamericana ha sido nombrada entre las más vulnerables del mundo, todos hablan de la seguridad alimentaria, y la permacultura parece estar tomando una más grande y nueva vida.
Luego de una década de trabajar en la oscuridad de este campo, con un mínimo de apoyo financiero, sobre todo de donantes individuales y fundaciones en Inglaterra, Inwood ha empezado a ver los frutos del esfuerzo del grupo. Más de 1,000 familias han adoptado las prácticas de la permacultura en sus tierras, y están sembrando productos orgánicos para su propio consumo y para venderlos. Un grupo de promotores, o agricultores que se convirtieron en maestros de permacultura, utilizan el método de campesino a campesino, trabajando a través de las conexiones ecológicas regionales, esparciendo los principios de la permacultura en los pueblos.
Esta tosca, típicamente montañosa y no particularmente fértil parcela se ha convertido en un centro de educación y sitio de demostración para la difusión de una nueva propuesta para la vida rural aquí en El Salvador, una propuesta que promete sacar a sus practicantes de la pobreza y hacia la auto-suficiencia, en armonía entre ellos y con la naturaleza.
Es un lugar rústico y simple, mayormente construido con materiales naturales encontrados en el lugar, y con una gran diversidad de cultivos, trabajados por un sencillo y apasionado equipo de campesinos.
Otros proyectos en el remoto departamento de Morazán, una de las regiones más pobres del país y uno de las más afectados por la guerra, han iniciado y están floreciendo; los gobiernos municipales brindan su apoyo, y varios cientos de familias practican ahora la permacultura, con un equipo de promotores en el lugar que se empiezan a esparcir aun mas en el campo.
Ahora, luego de años de conocer y trabajar con otras organizaciones de desarrollo comunitario en la región, y siendo repetidamente ignorados, los líderes regionales empiezan a buscar el asesoramiento y aportaciones de IPES.
Más recientemente, los representantes del gobierno izquierdista de Mauricio Funes han expresado su interés en aplicar los principios de la permacultura, a un programa de seguridad para la comida nacional y que apunta al fortalecimiento del rol de las familias campesinas.
Inwood no está segura de qué ha causado el repentino interés, pero especula que se trata de las recientes crisis causadas por el cambio climático: los cultivos se arruinan debido a las intensas inundaciones, seguidas por sequías. Una gran parte de los cultivos de frijol centroamericano se han arruinado, y el precio de lo que queda se ha ido al cielo; el precio de la canasta básica ha aumentado un 300 por ciento en septiembre y octubre.
Irónicamente, justo cuando IPES ha iniciado a romper el hielo con las agencias del gobierno, y justo cuando los servicios del grupo están siendo ampliamente buscados, sus fuentes de financiación han caído precipitadamente. La caída en el precio de la Libra Esterlina ha tenido un alto costo, al igual que la crisis financiera ha dejado a los fundadores con menos para compartir.
Al mismo tiempo, el gobierno de Funes ha heredado el sistema tradicional de patrocinio de asistencia agricultural, en el cual $33 millones en “paquetes” agrícolas, que contienen semillas hibridas y agroquímicos, son distribuidos en todo el país.
En su primer año de administración, antes que el joven gobierno tuviera la oportunidad de organizar una alternativa, los paquetes agrícolas se entregaban de manera tradicional, lo cual generaba protestas entre aquellos que no los recibían. El gobierno se dio cuenta que el sistema antiguo no estaba funcionando, y ahora está en busca de nuevas alternativas, dijo Karen. La Permacultura es una de esas alternativas.
“Estamos emocionados, pero al mismo tiempo es un desafío,” confesó ella, abriendo más sus expresivos ojos azules. Esos ojos azules, junto con su generosidad, su dulzura y su español con acento británico, han usado su magia con más de algún burócrata de corazón duro, me imagino, viéndola presentar sus ideas a un par de autoridades de la Fundación de Desarrollo de las Naciones Unidas. La pareja se fue impresionada con lo que vio, y programaron otra reunión con IPES para la próxima semana.
Al contrario del toque británico femenino de Karen, se encuentran las propuestas apasionadas y muy salvadoreñas de Agustín “Maclobio” Duran y Alejandro Martínez, dos ex guerrilleros salvadoreños quienes tomaron el curso de diseño y terminaron convirtiéndose a la causa de la permacultura. Ambos ven la permacultura como un medio para alcanzar las mismas metas que buscaban en la revolución: una vida digna para sus familias.
Después de la guerra, un ejército de organizaciones no gubernamentales llegaron a El Salvador, cada una con una propuesta diferente para resolver los problemas profundamente arraigados del país. Al igual que otros de IPES, Agustín es fundamental en su propuesta. Ninguna de las que ha visto últimamente eran viables, dijo, e incluso algunas eran falsas; juntas, se fueron de las comunidades dejándolas dependientes mentalmente, y de alguna forma peor de lo que estaban antes. La permacultura, por otro lado, ofrece un modelo diferente, uno que capacita a las personas para tomar el control de sus propias vidas.
“Yo lo veo como una diferente forma de revolución, una que alcanza justo por lo que estábamos peleando – una vida digna para nuestra gente, comida saludable y una educación,” dijo.
“De todo lo que he visto desde la guerra, y de hecho en toda mi vida, la permacultura es lo que más me convence; es una propuesta más integral. Por supuesto, requiere de mucho sacrificio, pero si pudimos resistir todos los riesgos y dificultades de la guerra, también podemos hacer esto.”
Para Alejandro, el cambio a esta forma de agricultura es urgentemente necesario, no solo individual, sino a nivel comunitario.
“Si continuamos con las mismas prácticas de agricultura que hemos heredado, vamos a sufrir una gran escasez,” dijo. “Si podemos difundir las ideas de la permacultura, podemos vivir bien todos, y tener un mejor sistema para heredarles a las futuras generaciones.”
Agustín asintió. “Ese es el reto que enfrentamos,” dijo. “Si podemos transmitir estas ideas exitosamente, en 20 años las cosas aquí serán muy diferentes, y tal vez podemos desviar un poco nuestro actual rumbo hacia la destrucción. Ya tenemos encima de nosotros los efectos del cambio climático – pero desde la trinchera de IPES, podemos minimizar el impacto y las consecuencias que ya estamos sufriendo.
“Nosotros como campesinos, gente que no tiene poder económico, queremos mostrar al mundo que se puede confiar en soluciones y alternativas tan simples de la naturaleza que nos rodea, que podemos tener múltiples soluciones para grandes problemas, y podemos resolverlos. Es solo cuestión de educación y conciencia.”
Para más información sobre el Instituto de Permacultura – El Salvador, para pagar por una visita o para enlistarse como voluntario, visite su sitio web y/o página de Facebook.
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