Escrito por Tracy L. Barnett
Traducido por Claudia Duarte
ASUNCION, Paraguay – La primera vez que vi a Magui Balbuena fue en el Foro Social de las Américas – una mujer pequeña con una poderosa presencia, ella era una de las maestras de ceremonia en el evento. La fundadora de CONAMURI, el Consejo Nacional de Trabajadores Rurales y Mujeres Indígenas, Magui ha sido una activista en la lucha de los derechos de los sintierras y los campesinos de su país durante toda su vida. Su trabajo con los grupos campesinos durante la dictadura la llevo a prisión y ha costado la vida a muchos de sus amigos y colegas, y ahora ella se ha convertido en una voz de liderazgo para el movimiento campesino que lucha contra el rápido crecimiento de los cultivos transgénicos que han devastado el campo paraguayo.
“El movimiento campesino representa lo mejor de nuestro país,” me había comentado una periodista paraguaya amiga, así es que rastreé el número telefónico de Magui y me puse en contacto con ella.
Una vos amistosa contestó el teléfono inmediatamente – Era una voz gentil nada parecida aquella poderosa voz que había escuchado exhortando a las masas. Le comenté sobre mi misión y le pregunté si tendría un tiempo en la semana para reunirse conmigo.
“Puedes venir mañana entre las 7 y las 8?” me preguntó. “Ese es el único tiempo que tengo disponible.”
Llegué a las oficinas de CONAMURI a las 7:30 según el “tiempo paraguayo” y me encontré con un torbellino de actividades. Magui se movía a la velocidad de la luz, organizando un taller para jóvenes líderes de todo el país, contestando preguntas y llamadas telefónicas, una tras otra.
Miré a mi alrededor en la sala de recepción, la cual no contaba con muebles excepto por 2 sillas plegadizas. Sin embargo las paredes hablaban alto, y me tomé un momento para leer la colección de afiches y pósters que conmemoraban los eventos y causas organizados a través de los años, una galería de esperanza y de lucha.
“Soja para hoy; hambre para mañana”, leí en uno de ellos. “Ya es tiempo para soberanía alimentaria – con una agricultura recíproca con la Madre Tierra”, expresaba otro.
Finalmente Magui se recostó en la silla plegadiza y me miro con una cálida sonrisa. “Siempre empezamos nuestros talleres con una mística,” me dijo. “Querías ver?”
“Claro,” le respondí. No tenía idea de que era una mística, pero me encontraba intrigada por aquello.
Conversamos por unos momentos mientras el grupo se preparaba. Compartí con ella mis orígenes como hija y nieta de granjeros de la tierra de Monsanto, y una oponente de los cultivos transgénicos desde hace tiempo. Ella me adoptó inmediatamente como su compañera de lucha.
Antes de nuestra entrevista, sin embargo, compartimos noticias devastadoras. Habían diagnosticado a su amado nieto de 11 años, Amaru, un neurofibroma, una condición neurológica que podría amenazar su vida, y ella estaba aguardando por noticias sobre cuan severo era el su caso. Su hija estaba en camino, lo llevarían juntas al hospital. Una habitación llena de adolescentes animados esperaba la presentación, y su teléfono seguía sonando constantemente, pero ella se tomó un tiempo para compartir conmigo.
El taller empezó a las 8; y me di cuenta que literalmente el tiempo de 7 a 8 de la mañana era el único con el que contaba.
“Estamos listos,” dijo una de las compañeras y nos dirigimos afuera al patio. Los jóvenes se dispusieron en un círculo, cada uno de ellos llevando un poncho de colores diferentes, y un pedazo de papel en el que estaba escrito lo que representaba: Tierra, Aire, Fuego, Nativos, Semillas… cada uno sosteniendo un recipiente que representaba su elemento elegido. En el centro, vestido en un poncho negro, se encontraba la representación campesina de la muerte, cubierto con los nombres de las peores pesadillas de los campesinos: Monsanto, Cargill, ADM, biodiesel, transgénicos, militarización.
Julia Franco, una camarada de Magui por muchos años, guió al grupo de jóvenes en una procesión. Uno a uno los elementos armados con sus ponchos tomaron lugar en esta procesión que se movía a través del patio, cantando en Guaraní y formando un círculo alrededor del Señor Monsanto. De manera silenciosa y sin perder el compás de la canción , cada uno arrancó una etiqueta del Señor Monsanto y se agruparon a su alrededor. Como la bruja malvada de Oz, el Señor Monsanto lentamente se fue encogiendo hasta desaparecer.
Después de la mística los jóvenes se sacaron sus ponchos y tomaron asiento, mientras Magui tomo su lugar en frente a la pizarra y entrego un fiero análisis sobre el modelo de exportación agrícola que ha deforestado el campo paraguayo y ha empobrecido a muchos mientras ha enriquecido a tan pocos. Su discurso fluía entre el español y el guaraní, pero sus diagramas dejaron bien en claro el mensaje: El negocio transnacional de la exportación agrícola no es amigo suyo. Hablo desde su amarga experiencia; su comunidad fue una de las comunidades desplazadas por las amenazas y violencia que los productores de soja en el área, quienes casi matan a su cuñado.
La biografía de Magui, “Magui Balbuena: Semilla para una nueva siembra” es parecida a una versión campesina de “Yo, Rigoberta Menchú,” biografía de la premiada Nobel de la Paz de Guatemala. Narrada en sus propias palabras a la escritora argentina Elisabeth Roig, ella habla de sus primeros años creciendo en una familia tan pobre que no tuvo sus primeros zapatos hasta la edad de 13 años. Habla del liderazgo de su padre en movimiento de ocupación de tierra, y como arriesgó su vida para reclamar el uso de tierras comunitarias, que habían sido vendidas por el corrupto dictador Stroessner. Habla del movimiento de la reforma agrícola en su país en las décadas de 1960 y 1970, un movimiento al que se unió en su juventud, que luchaba por la dignidad de la vida de los pequeños granjeros, los derechos a la tierra segura y la brutal represión que le siguió, con compañeros activistas perseguidos, torturados y asesinados en maneras terribles.
Habla de el tiempo en que ella misma estuvo en prisión y de su milagrosa liberación, su matrimonio con un compañero revolucionario y su huida a una favela de Brasil, con un pequeño niño y otro en camino, una vida en un exilio en condiciones miserables, en una tierra extraña, donde casi muere al dar a luz y casi pierde a sus hijos a causa de extrañas enfermedades.
También habla sobre su regreso a reconstruir un movimiento devastado en el corazón de la dictadura, luchando por una voz en una organización dirigida por hombres, y la decisión de agruparse con sus compañeras para continuar la lucha por la justicia en el campo, pero como mujeres. 10 años atrás CONAMURI (Coordinadora Nacional de Mujeres Trabajadoras Rurales e Indígenas), su organización actual, fue fundada para solidificar esa lucha.
Hoy en día la dictadura no es más que un amargo recuerdo, pero su legado vive en los millones de campesinos sintierra e indígenas quienes se amontonan en los barrios pobres a las laderas de las grandes ciudades. Para Magui y sus compañeros, la lucha continua, solo la cara del opresor ha cambiado.
Después de la presentación para los jóvenes y antes de la llegada de su hija y su nieto, escapamos a otro lugar, y tuve la oportunidad de preguntarle sobre esos nuevos enemigos sin rostro y el impacto que han tenido en Paraguay. Su apasionada defensa fluyó como un río durante una hora y media.
(La video de esta entrevista viene pronto.)



























