Escrito por Tracy L. Barnett
Traducido por Karina Santos y Diana María Belén Paredes
VALLE DEL CAUCA, Colombia – Cuando Alicia Calle, una científica ambiental de la Iniciativa de Liderazgo y Entrenamiento Ambiental de Yale, me contó sobre la Reserva Natural de El Hatico, su cara se iluminó por primera vez desde que la conocí una hora atrás. Habíamos estado hablando sobre el estado del medio ambiente en Colombia, un tema con mucho que lamentar, debido a la propagación de operaciones de minería, la deforestación para dar paso a plantaciones de coca, crianza de ganado, vastos monocultivos de caña de azúcar y palmera africana, contaminación del agua, la misma historia por todas las Américas.
¿Qué es lo que te da esperanza? –le pregunté, como siempre lo hago en cada entrevista. Fue ahí cuando sacó un folleto y comenzó a mostrarme fotos de El Hatico.
“Déjame aclarar algo: no me gusta la ganadería; creo que su expansión ha creado terribles problemas ambientales y desigualdad social en toda América Latina. Pero este es un lugar que realmente quiero que veas, un lugar que ha convertido un problema mayor en parte de la solución.”
Miré la fotografía y me pareció estar viendo la granja de mi abuelo, en las montañas Ozark, en el sur de Missouri: un hato de ganado color rojizo pastando entre los bosques sombreados de árboles maduros. Nada como los demoledores de pastizales sin árboles que se extienden hasta el horizonte, granjas de ganado que ví por todo el Petén guatemalteco, El Chaco argentino, en el México rural y en Paraguay.
Los ganaderos han despejado millones de hectáreas de selva tropical y bosques secos tropicales para crear pastizales para el ganado, liberando así incontables toneladas de carbono a la atmósfera en constante calentamiento, causando olas de sequías y erosión, eliminando el hábitat de vida silvestre y degradando los ríos que fluyen a través de ellos. Cerca del 27% del suelo colombiano es utilizado ahora para la producción de ganado y la deforestación continúa a una agresiva tasa de 300,000 hectáreas por año, de acuerdo con un artículo escrito por Calle y otros autores, publicado este mes en la prestigiosa revista Forest Ecology and Management.
El Hatico, una granja familiar de nueve generaciones que se ha convertido en un oasis de biodiversidad entre los desiertos de caña de azúcar del Valle del Cauca en el sudeste de Colombia, ha seguido un camino diferente, y finalmente, los líderes del gobierno y la industria han comenzado a darse cuenta de ello. Ahora – según Calle – el modelo de El Hatico está siendo replicado a través del país gracias a un nuevo programa del gobierno y otros países están viendo los resultados.
Fue así como me encontré acompañando a la hermana de Alicia, Zoraida, a través de millas de campos de caña de azúcar, mientras me contaba un poco de la historia de El Hatico.
“Estamos viviendo un momento muy emocionante en el desarrollo del sistema”, me comentaba Zoraida. Como especialista en restauración ecológica en CIPAV Centro para la Investigación en Sistemas Sostenibles de Producción Agropecuaria), ella ve en El Hatico y su sistema silvopastoral intensivo de crianza de ganado una herramienta clave para la rehabilitación ecológica de tierras tropicales degradadas. CIPAV ha dedicado 19 años a este proyecto y nunca había tenido una receptividad como la que se ha dado en el último año.
“Cada año estamos recibiendo dos o más visitas de grupos de productores mexicanos; estamos viendo a ganaderos y técnicos de Nicaragua, Panamá, Brasil, Cuba y Argentina. Ellos quieren ver cómo es posible hacer lo que se está haciendo”.
La crianza de ganado convencional requiere la aplicación de 100 a 800 kilogramos de úrea por hectárea al año, un fertilizante importado de alto costo basado en combustibles fósiles que contamina las cuencas regionales, degradando así, la calidad del agua y suprimiendo la población de peces. Los bosques tropicales que una vez se extendieron a lo largo y ancho del Valle del Cauca fueron tumbados hace más de un siglo para y muchas hectáreas fueron convertidas en ranchos de crianza de ganado. Desde ese entonces, el negocio más lucrativo del azúcar ha suplantado la mayoría de las granjas de ganado, causando así un impacto ambiental aún mayor por el uso extendido de herbicidas y pesticidas.
Finalmente estamos dejando el paisaje monocromático de las plantaciones de caña de azúcar y estamos entrando a un paseo de árboles de samán llenos de gracia. Una gigantesca ave desciende a través del camino frente a nosotras, como si nos diera la bienvenida a su mundo –un garrapatero, Zoraida me decía.
Una bandada de ibis negras con sus picos rojos curvados revolotean alrededor y aterrizan en el exuberante césped del bosque a nuestra izquierda.
“Oh mira, es un coclí,” exclama Zoraida mientras un par de aves gigantes y magnificas aterrizan en un campo junto al camino. Esta especie está –también- casi extinta en la región. “Estas aves están casi extintas en el monocultivo del Valle del Cauca, pero acá tienen un hogar”.
Hemos llegado a El Hatico.
Arribamos a una elegante puerta de hierro y Carlos Hernando Molina está ahí para darnos la bienvenida. Es el mayor de seis hermanos que atienden la herencia de sus abuelos y trabajan como educadores en agrosilvicultura, agrónomos y empresarios. Un hombre alto y bien parecido, con una sonrisa relajada bajo su sombrero de paja de ala ancha, está encantado de escuchar la historia de mi abuelo, el pionero en agrosilvicultura y de mi madre, la granjera orgánica, y nos conectamos inmediatamente.
Mi abuelo falleció en abril, y desde ese momento he sentido su presencia en mí fuertemente, especialmente en este día, ya que lo invité a acompañarnos al paseo. Creo que está contento con lo que vio.
Carlos Hernando nos mostró primero la casa, una reliquia hermosa del finales de 1700, cuyas tejas de terracota han sobrevivido estos 230 años con daños menores, pero algunas de las vigas están comenzando a arquearse, y unos trabajadores estaban cuidadosamente desensamblándolas, reemplazando las secciones arqueadas y maravillándose al ver la integridad de la estructura original.
“Mira este pedazo de caña brava,” dijo Carlos Hernando, moviendo la cabeza maravillado. “Tan fuerte como hace 230 años”.
Lo mismo puede decirse de esta familia y su granja, que se ha mantenido junta a través de dos siglos de conflictos armados y revolución, guerras de drogas y crisis económicas y climáticas, un oasis en medio de las tormentas.
Pronto se nos unió otro de los hermanos Molina, el igualmente carismático Enrique José, junto con un especialista en biodiversidad y una educadora ambiental de Costa Rica, que habían venido para visitar la granja también.
“El problema de la defensa de los bosques es una gravedad angustiosa, y la más terrible amenaza con el porvenir de la región,” escribió el tío abuelo de Carlos Hernando y Enrique José, Ciro Molina Garcés, en 1937.
Para 1942, vastas extensiones por toda la región habían sido despejadas para la explotación de la madera y la crianza de ganado como podemos observar en las fotos aéreas que comenzaron esta presentación. Para 1986, el paisaje se había convertido en una enorme extensión de cultivos de caña de azúcar. Solamente el parche oscuro de El Hatico permaneció como bosque.
Ahora, El Hatico es una granja de operaciones y usos mezclados, 32% del terreno está dedicado al cultivo de caña de azúcar orgánica, solamente el 5.5% es bosque maduro, pero otro casi 9% es bosque de bambú nativo, mientras que el 12.7% está bajo el denominado Sistema Silvopastoral Intensivo o SSPI por su acrónimo en español, y es la parte que está siendo observada de cerca por los líderes de la industria.
“Cuando hablamos con los productores agrícolas, miran a su alrededor y dicen, ah, esto no es bueno. Nuestros padres y abuelos nos enseñaron que se tienen que talar los árboles”, dijo Carlos Hernando. “Pero yo les digo, miren a su alrededor, vean por ustedes mismos. Tenemos 80 por ciento de cobertura de dosel aquí, y vean la calidad y cantidad de los pastos. Y esto es con cero insumos químicos. La conservación y la producción no compiten, sino que se complementan”.
En términos de costo, la hoja de balance de El Hatico habla por sí misma. Debido en parte a la mejoría en la producción y en parte a la reducción considerable en el costo de los insumos – cero agroquímicos, cero suplementos de soya para los animales debido al mayor valor nutricional de sus plantas de pastoreo, y la disminución significativa de los costos de riego y la factura de electricidad asociadas – El Hatico muestra que la conservación es un buen negocio.
Además, los Molinas se están posicionando para recibir pagos por los bienes y servicios ambientales que proporcionan: fijación de carbono, producción de oxígeno, la regulación del ciclo hidrológico, la capacidad productiva del suelo y la conservación de la biodiversidad.
Pero lo que realmente captó la atención de los líderes del gremio ganadero fue la producción de El Hatico durante la sequía de 2009-2010, provocada por El Niño, que devastó los productores en toda América Latina. En el año 2009, El Hatico en realidad tuvo una mayor producción que el año anterior – un resultado sin precedentes en toda la industria.
“Y esto fue sin riego”, subrayó Carlos Hernando.
Llegó el momento del tour, un ejemplo excelente de la nueva oferta de agroturismo que es parte de su misión de educación. Carlos Hernando y Enrique José nos habían llevado a través de la puerta de hierro fundido y por el camino sombreado, donde un par de magníficos coclíes pacían en los altos pastos cercanos. Enrique José habló del reto de transferir los valores de la familia a cada nueva generación en una época donde la mayoría de los jóvenes dejan la granja en busca de otras oportunidades en las ciudades.
Aquí en El Hatico, cada niño al cumplir su tercer mes de vida es llevado a dar su primer paseo a caballo. El caballo sigue siendo una herramienta para conectar a los niños con la granja, y en su primera comunión reciben una pequeña yegua o potranca.
“Esto crea una especie de adicción”, explicó Enrique José, “una sana adicción – los sensibiliza frente a la herencia familiar. El conjunto de estos tres elementos – el equino, el humana y el entorno natural – son una bella manera de brindar educación ambiental a los niños.”
De hecho, el recorrido por toda la granja es un enfoque educativo sumamente hermoso para todos nosotros. La siguiente parada es bajo las enormes ramas del árbol de samán que el padre de Enrique José y Carlos Hernando plantó hace 70 años y que se ha convertido en un símbolo de la finca.
Gran parte de la resistencia a la agrosilvicultura para el pastoreo proviene de la idea de que las plantas de hoja ancha son malas hierbas y deben ser eliminadas, explica Carlos Hernando. De hecho, la sombra elimina las malezas de hoja ancha más problemáticas y las plantas nativas proporcionan buen forraje con alto contenido de proteínas – “por lo que la ‘maleza’ se convierte en ‘bueneza’ “, bromea.
De vuelta en la vía de la entrada, una bandada de iguazas salió volando del pasto y los visitantes alistaron sus cámaras. Me doy cuenta que he visto más pájaros aquí en El Hatico de los que he visto en varias expediciones de observación de aves durante mi viaje.
Aprendí muchas cosas en esta gira, una es que la caña de azúcar orgánica puede ser tan rentable como su homólogo asistido por productos químicos, y puede ser acompañada de otras plantas. Parte de la brigada de la caña de azúcar de los Molina estaba trabajando duro cuando llegamos: un rebaño de ovejas de pelo pastando en las gramíneas que crecen entre los callejones de la caña, lo que elimina la necesidad de herbicidas.
Cuando empezaron a experimentar con las ovejas como un medio para controlar las malezas, tuvieron mucho cuidado de usar cercas móviles para proteger la caña de los animales. Un día, sin embargo, el cerco fue derribado, y el pastor observó, para su sorpresa, que las ovejas no habían tocado la caña – sólo las gramíneas que crecían alrededor y entre las filas.
Al principio, los vecinos temían que las ovejas pudieran escapar y crear el caos en sus campos. Ahora, dice Enrique José, suele recibir llamadas telefónicas de los vecinos, que quieren pedir prestadas a las ovejas para la eliminación las malezas en sus propias parcelas: “¡Envíen los contratistas! dicen.”
Quizás lo más importante es la alternativa de los Molina a la quema de la caña, el enfoque de gestión de residuos de cosecha que predomina en toda la agroindustria azucarera. Al final de cada temporada de cultivo, la mayoría de los productores de caña queman sus campos, lo que lleva a la contaminación del aire, grandes cantidades de carbono vertido en la atmósfera, y la destrucción de la ecología del suelo saludable, que requiere más insumos químicos para la próxima cosecha.
En lugar de quemar, los Molina utilizan sus residuos de caña para proteger el suelo con un acolchado que se devuelve a la tierra como abono en cada nueva temporada. Esta biomasa se deposita entre las filas y conserva la humedad del suelo, reduciendo drásticamente la necesidad de riego, explica Carlos Hernando. Coge un puñado de la hojarasca marrón del suelo, y la retuerce dejando salir de ella un chorro de líquido que demuestra su capacidad para retener el agua.
“Este fue el sistema que se utilizó en el Valle del Cauca hasta la década de 1960, cuando empezaron a quemar la caña porque esto se hacía en Hawai”, explicó.
En condiciones normales, un cultivador de caña invierte 300,000 pesos (unos 150 dólares) en cada riego de una hectárea del cultivo, dijo Carlos Hernando. Los Molinas pueden regar sus campos por mucho menos.
Hoy en día, dice Carlos Hernando, los visitantes de la granja salen motivados a hacer una transición en sus propias fincas. “La gente ya no nos ve como románticos”, dice. “Nos ve como pragmáticos.”
El sol se pone rápidamente aquí en el trópico, y los insectos y ranas arborícolas cantan en coro de despedida como llegamos a la vieja casa.
Regresamos al salón de la casa donde Carlos Hernando y Enrique José compartieron una canción de despedida con nosotros, que fue escrita para El Hatico por un amigo que es un compositor.
Los Molina compartieron con nosotros un suntuoso buffet de la cocina típica colombiana, incluyendo el jugo de naranja fresco y las crujientes tostadas de plátano de su propia granja, y nos despidieron con abrazos y una invitación a volver pronto. A medida que nos acercamos a nuestro coche, miré arriba y observé una nube que pasó frente a la luna.
En algún lugar, mi abuelo estaba sonriendo, pensé.
El Hatico está abierto para tours de agroecología. Está a menos de una hora de Cali y vale la pena. Puedes escribir a CIPAV al rnhatico@cipav.org.co para mayor información. Entretanto, aquí esta el tour virtual.
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