Por Tracy L. Barnett
Traducido por Katy D’Oporto y Mariem Ortiz
Esta vez, yo estaba lista.
El Aeropuerto Internacional José Martí costeró a la vista, la ciudad de la Habana se recorta en relieve en el fondo soleado. Esta vez estaba rumbo a la terminal principal, no a la oscuridad de la vieja y diminuta terminal reservada para llegadas desde Miami. Y esta vez, el visado de periodista estaba firme en mi mano.
Caminé a través del área de espera donde había pasado una noche fría y larga, en mi anterior visita a la Habana, cuando se me negó la entrada debido a problemas de visado, me condujeron a la terminal principal para pasar la noche y enviarme de regreso en el próximo vuelo a Miami. Ahí estaba otra vez, contra la pared, el banquillo de plástico rojo donde había dormido; ahí estaban también las ventanas donde los agentes de aduanas habían aprobado decenas de los viajeros mientras yo miraba.
Esta vez, le di al banco un vistazo de pasada y tomé mi lugar en la cola.
La entrevista fue larga y detallada – donde había estado, para quién escribía, quiénes eran mis contactos, dónde estaba planeando ir, dónde había trabajado antes, las preguntas siguieron y siguieron. Pero Julio Cesar, el funcionario que me entrevistó estaba sonriendo esta vez, me aseguraba en tono tranquilizador – “es sólo un procedimiento, no se preocupe”. La última vez yo no había recibido tales garantías.
Mientras esperaba, dos perros amistosos, un cocker spaniel y un labrador negro, se desplazaban curiosamente entre el equipaje y los viajeros, moviendo locamente las colas todo el tiempo. Sus manejadores relajados los llamaron suavemente para forzarlos a volver, y ellos respondieron – un marcado contraste con los severos pastores alemanes, atados a los oficiales igualmente graves, que he visto en los rastreos de las aduanas de U.S.
Por último, Julio Cesar me hizo un guiño y me sonrió. “Bienvenida una Cuba,” dijo y me mostró la salida. Yo estaba eufórica.
Mi taxista, Pedro, fue mi primer guía de turistas. Un jovial caballero con un profundo sentido de orgullo para su país, él me explicó la importancia de los carteles – como el que retrató a George W. Bush y Orlando Bosch, un operativo de Bahía de Cochinos que fue declarado culpable de conspirar en el bombardeo de un avión cubano en 1976 que mató a 73 personas. Bush había concedido un indulto a Bosch, llevando el cartel las siguientes palabras:
“Una nación que alberga a terroristas es una nación terrorista”.
Pedro se aseguró de que entendí el significado de aquél cartel y del siguiente.
“Sabes acerca de los cinco héroes, ¿verdad?”
Yo no estaba segura.
“Allí están: René, Ramón, Fernando, Gerardo y Tony” recitó.
Nunca había oído que se refirieran a ellos de ese modo, por supuesto; pero recordé el caso: cinco cubanos condenados por espionaje en los Estados Unidos y sentenciados. De hecho había sido espionaje, pero no en el Gobierno de Estados Unidos; en su lugar, habían infiltrado grupos terroristas de extrema derecha cubanos que estaban tramando un ataque bombardero sobre Cuba.
Fue uno de los muchos ataques sobre Cuba que han ido impunes, la política de Estados Unidos es no enjuiciar a los terroristas cubano-americanos. Cuando los “cinco” fueron descubiertos tramando el bombardeo, las autoridades cubanas establecieron contacto con funcionarios estadounidenses para informar de la conspiración. En lugar de condenar a los terroristas, los funcionarios estadounidenses hicieron un seguimiento de los cinco y los sentenciaron como culpables de espionaje. Se ha montado una campaña internacional para su liberación, y pueden leer más acerca de este asunto en www.freethefive.org.
Junto con Elián González, otra cara en una cartelera; cuando entramos en ciudad, los “cinco héroes” se muestran de manera prominente alrededor de ciudad. Elián, para aquellos que pueden haber olvidado, era el joven que fue recogido por el servicio de guardacostas después de que su madre y otras 10 personas murieron tratando de escapar a Miami en un barco que se hundió. A Elián le fue otorgada la oportunidad de permanecer en los Estados Unidos pero optó por regresar a su patria y a su padre.
Finalmente llegué al Hotel Nacional, el hotel nacional de Cuba, donde pasaré la primera noche. Es realmente tan grande y hermoso como se dice y tiene una historia, sobre la que pretendo escribir después de que reciba una gira en el lugar.
Mientras tanto, tomé un paseo por el famoso Malecón, sobre el rompeolas que durante años soñé recorrer, donde lugareños y turistas toman el sol y contemplan las olas romper y las aguas azul cobalto en el horizonte.
Me detuve para un simple pero delicioso almuerzo de pescado fresco, ensalada y arroz, servido con un auténtico mojito cubano, en un café al aire libre llamado amigos de Fangio, nombrado así por el famoso piloto de automovilismo argentino.
Cuando alcancé la línea frontal de azulejos pintados de verde, la mayoría de ellos dedicado a los corredores de autos o motocicletas, un caballero local que se llamaba a sí mismo John, llevando una gorra de béisbol con las letras “USA”, entabló conmigo una conversación. Como organizador de un club local de motocicletas, él también había organizado el proyecto de azulejos Fangio, explicando la historia detrás de cada mosaico: la primera mujer en obtener la licencia de pilotos en Cuba, el primero en montar una motocicleta, un amado mecánico que, cuando murió, atrajo a cientos de personas a su funeral.
Invité a John a que se uniera a mí para un mojito y él me entretuvo con sus historias. Él me mostró su tarjeta de identificación, que lo identificó como Juan. “Mis padres me llamaron John, y fuí John hasta la Revolución,” explicó. “A continuación, con todos los problemas: tú sabes, John Kennedy, la Bahía de Cochinos…. Pues bien, ya no era posible tener ese nombre ya, y el Gobierno lo cambió.”
Él quería asegurarse yo comprendía, que, a pesar de todo, no tiene resentimientos sobre el difícil pasado entre nuestros países. “Nosotros, los cubanos no tenemos nada contra el pueblo estadounidense”, declaró. “Es el Gobierno con el que tenemos problema”.
Él no insistió en la política, y prefirió hablar de motos y coches clásicos – dos pasiones que me recordaron a mi padre, creo que los dos se habrían entendido en esos temas y habrían sido capaces de comunicarse.
Mañana me reuniré con funcionarios del Gobierno para obtener mis credenciales y hacer mi itinerario para los nueve días que me esperan en Cuba. Mientras tanto, aquí tienen un slide-show de lo que ví en mi primer día en Cuba.
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