
Este podría ser cualquier bosque en medio de cualquier ciudad en el mundo, me pensé caminando por un campo de pasto, pasando unas flores naranja y entrando en la sombra de un bosquecillo de encinos. De repente, Guadalupe para y nos pide sentarnos sobre las piedras frescas.
“Cierren los ojos,” dice. “Respiren. Sientan la paz que llena este lugar.”
Lejos, en la distancia, el murmullo del tráfico se disuelve bajo el susurro del viento en los árboles.
Siento la paz, pero sigo pensando en lo que Guadalupe me acaba de contar sobre estos terrenos, y casi no lo puedo creer.

La naturaleza es una escuela para Guadalupe Nuñez.














