(Arriba: Curt Bowen, izq., y Joseph Bornstein)

Escrito por Tracy L. Barnett
Traducido por Emilio Avenati
ALMOLONGA, Guatemala – Ramón Siquina había dependido de insecticidas, herbicidas y fertilizantes químicos como todos los demás en esta canasta de productos verdes de la provincia de Quetzaltenango, ahora los usa menos.
“Los fertilizantes nos han ayudado muchísimo y han sido un gran avance para nosotros”, El dice. “Pero estamos conscientes de que el estado de la tierra se está deteriorando. Comenzamos usando mucho fertilizante, fungicidas y pesticidas, no lo hubiéramos hecho si la tierra fuera tan rica como lo era en tiempos de nuestros antepasados”.
Estamos parados sobre la placa de cemento de su casa, una suave brisa desciende sobre los valles verdes y las colinas que nos rodean. Alalonga es una comunidad de 20 mil personas a las faldas de Xela. Era común que los antepasados preservaran la tierra más rica del valle para la agricultura y construyeran sus casas en los campos y sobre las colinas de alrededor. Por años, la comunidad ha producido enormes cargas de col, calabaza, maíz, lechuga y rábano que han alimentado a la ciudad, pero cada vez es más difícil.
“He batallado y batallado con este pedazo de tierra; le pongo todos los químicos posibles y no logro hacerla producir” dice Ramón “Me di cuenta de que tenía que cambiar la forma en cómo estaba sembrando”.
Es entonces cuando conoció a las personas de Semilla Nueva, una nueva organización conformada por un grupo de estudiantes de preparatoria y universidad provenientes del Noreste del Pacífico. Ellos comenzaron a platicarle a Ramón sobre prácticas de siembra y Rafael les compartió su problema. Curt Bowen y Trinidad Recinos, dos de los fundadores del grupo, le sugirieron una composta como alternativa a los fertilizantes químicos y ofrecieron ayudarle en establecer un proyecto de compostaje por medio de la lombricultura y es así como todos terminamos esta noche sobre el techo de la casa de Ramón, con Ramón y Joseph peinando la basura y examinando el progreso de las colonias de lombrigos retorciéndose.
“Dios nos dio una forma para mostrarnos lo que necesitábamos” dice Ramón. “Es un proyecto pequeño ahora, pero un día será grande.”
****
Joseph Bornstein, originario de Oregón (EUA) tenia tan solo 18 años cuando llegó por primera vez a Nicaragua, acompañado por dos amigos de clase de la Preparatoria Ashland, clase 2003. Ellos habían decidido tomar un año y viajar por Centro América antes de regresar e ingresar a la universidad.
“Hemos aprendido mucho sobre el mundo en los libros y nuestros escritorios, pero queríamos aprender acerca de él por nosotros mismos”.
Los compañeros viajaron en dirección al sur, hacia San Juan del Sur, una villa pesquera cerca de la frontera de Costa Rica, donde hicieron una amistad que cambiaría sus vidas. Su amigo era Alix Fermin, un pescador y padre de una hermosa criatura de 3 años.
“El era una persona tan llena de alegría y amor”, Bornstein recuerda con nostalgia. Ellos pasaron unos días con la familia, aprendiendo sobre su estilo de vida y su cultura. Tres meses después, se enteraron que Alix falleció en un accidente de pesca – Nada fuera de lo común, tomando en cuenta la naturaleza rudimentaria del equipo que los aldeanos usaban en ese lugar.
“Juntos nos pusimos a pensar sobre una forma en que la familia pudiera mantenerse de por vida, ya que su proveedor ya no estaba con ellos.” Bornstein comentó. Los amigos decidieron unir sus recursos y construir una casa que la familia pudiera poner en renta y así tener siempre un ingreso. Ellos juntaron $8,000 (dólares?) y se encaminaron hacia el sur en 2005 para construir la casa.
Muchas cosas cambiaron en el ínterin. El aumento en el precio del petróleo causó o que el costo de los artículos de primera necesidad subieran al doble. “Eso despertó en nosotros una necesidad de un cambio estructural mayor” Comenta Bornstein.
Fue cuando Curt Bowen, un compañero de la universidad, apareció en la historia. En ese tiempo, Bowen y Bornstein estudiaban en la Universidad Whitman en el estado de Washington (EUA) y se les ocurrió la idea de construir una red de biocombustible en Centro América, enseñándoles a los campesinos locales a utilizarla. Sentando las bases para una serie de talleres a lo largo de las Américas, e hicieron planes para establecer centros de recursos en cada comunidad.
La idea era enseñar a las comunidades y a sus líderes acerca del proceso de fabricación y producción del biocombustible sin obtener beneficios. Dos profesores de la Universidad de Whitman ayudaron en el diseño de un curso independiente y un amigo de Antigua ofreció prestarles un camión para su experimento y los compañeros pusieron el resto.
Ellos adaptaron el autobús para el biocombustible llenándolo con 400 galones, y así viajaron desde Washington hasta Nicaragua, enseñándoles a los campesinos y miembros de comunidades a convertir los desperdicios en combustible y a instalar la infraestructura para mantener el proyecto andando cuando ellos tuvieran que marcharse.
El proyecto era bueno, pero cuando sus estudios progresaron, se dieron cuenta que en realidad no estaba dirigido a un asunto fundamental.
“Para que el biocombustible funcione bien, tienes que comenzar con agricultura orgánica” explica Curt. Mucha de la producción de biocombustible en el mundo proviene de los campos de palmeras en Indonesia y Malasia, apuntó; 89 porciento de la deforestación de los bosques se produce por la producción de biocombustible.
Para hacer las cosas peor, después de que los bosques son reducidos las turberas que los sustentan se drenan y queman para producir más biocombustible, el resutado: Indonesia es el tercer país productor de gases de invernadero en el mundo.
Un vuelco de eventos triste e irónico para una tecnología supuestamente “verde”.
Entonces los amigos comenzaron a pensar en formas en las que pudieran trabajar con los campesinos locales y promover un enfoque más sostenible para la agricultura y reclutaron a mas amigos de Whitman y de Ashland para su siguiente proyecto:
Una de las primeras cosas que ellos hicieron fue visitar al departamento de agricultura, donde fueron llevados a una oficina con un impresionante escritorio hecho de madera tropical el cual tenia una inscripción que decía “Donado por la Compañía Química Dow”, de inmediato también notaron que el sofá de felpa había sido donado por Monsanto.
“Resulto que cada mueble en ese lugar había sido donado por una compañía química.” Curt se reía.
La agricultura en Guatemala ha sido fuertemente dominada por la industria química y utiliza productos que han sido vetados en los Estados Unidos desde hace mucho tiempo, resultando en erosión perjudicial, intoxicación en los trabajadores sin protección por el uso de plaguicidas y el agotamiento de los suelos, entre otros males, explicaron.
Formas de agricultura alternativa han sido presentadas en el país, pero existe poco apoyo y seguimiento a estos proyectos, Curt explicó. En un país de más de un millón de agricultores, hay tan solo 17 especialistas de maíz para brindarles ayuda.
Existen un buen número de ONG’s trabajando actualmente en el país en proyectos de agricultura sostenible, pero aislados uno del otro y trabajando en proyectos específicos, el objetivo de Semilla Nueva y con la ayuda de una organización alemana llamada Gota Verde, ha sido llenar los vacios existentes.
“Uno de los mas grandes problemas del desarrollo no es la falta de tecnología, sino el llevarla hacia la gente que la necesita,” explica Curt.”Por ejemplo,
La labranza de conservación – una técnica que es muy fácil de usar, pero nadie la utiliza porque no hay alguien que la promueva”.
Ahora se están trabajando en una variedad de proyectos en las zonas alrededor del campo y una en las que existe mayor entusiasmo es participar en un proyecto de una ONG española llamada Intervida. Ellos entrenaran a los promotores o a una comunidad basada en educadores, quienes ya trabajan en Intervida para correr la voz acerca de la salud. Ahora ellos también están dispuestos a enseñar sobre técnicas de agricultura sostenible, desde la composta hasta las zanjas de contorno, barreras vivientes y azadones aleatorios.
Los rostros de ambos se iluminan cuando hablan sobre “trabajo de investigación”, una estrategia para trabajar en grupo con los agricultores locales en pro de mejores prácticas para cada uno de los cultivos. Al igual que Ramón puede medir el progreso en sus contenedores con el manejo de la lombricultura, los agricultores locales experimentan con técnicas que les permiten independizarse de los insumos químicos.
Ahora con una nueva asociada, Darre Yondorf, y dos miembros mas en camino para el equipo, el equipo estará completo en dos semanas- justo a tiempo para recibir el primer grupo de voluntarios de Yale, la Universidad de Kentuky la Universidad Puget Sound y desde luego, de su Alma Mater Whitman College. Los voluntarios vivirán en las granjas y trabajaran con los agricultores para ayudar a la incorporación de nuevas prácticas y monitorear sus resultados.
Pero la parte mas ambiciosa del proyecto es quizá la mas importante y también la mas difícil de medir. Al trabajar entre asociaciones de agricultores locales y apoyar en la creación de otras, ellos también esperan construir una comunidad con liderazgo en las practicas de agricultura sostenible.
“En tanto los promotores se involucren en la investigación, el impacto positivo crecerá.” dice Curt. “Estamos tratando de promover la agricultura sostenible, pero estamos tratando de crear unidad en la comunidad también.”
Created with Admarket’s flickrSLiDR.
















