Por Tracy L. Barnett
Traducido por Luis Arias Blanco
CIUDAD DE GUATEMALA – saludé al alba en el muelle de Livingston con el corazón oprimido y aborde la lancha ligera que hace las veces de ferry y me prepare para el viaje y baño de agua de mar con rumbo a Puerto Barrios, donde había de tomar el autobús a la capital, pasar la noche en un hostal y agarrar el primer vuelo de vuelta a casa en Missouri.
Ahí en el entorno hóstil y estéril de un hospital se encuentra mi abuelo, el agricultor, un hombre que no soporta permanecer acostado o encerrado por tanto tiempo. Debilitado hasta el punto de la derrota por una serie de infecciones virulentas, pidió ayer al médico que le diera una pastilla para acabar con todo. Tan fuerte como un viejo roble que ha soportado muchas tormentas hoy simplemente no es él. Va a casa con mis padres esta noche con cuidados hospitalarios. Dos días puede ser demasiado tiempo, pero no hay más remedio. Estoy rezando para alcanzar a verle por última vez, pero lo más importante, que él pare de sufrir.
Mi primera semana en Guatemala, visto desde el vibrante puerto caribeño de Livingston, se mostró optimista, llena de ruido y el movimiento de las celebraciones de Semana Santa, reuniones con líderes de la comunidad comprometida y un tiempo bien empleado en la selva y en la playa. Tomé un paseo ecológico cultural Garífuna con Mega y Amanda en Rasta Mesa, un centro comunitario en el corazón de la comunidad local de Garífunas que se esfuerza por reforzar el orgullo cultural y la sensibilidad ecológica entre los jóvenes locales, proporcionando al mismo tiempo clases y paseos para los turistas y voluntarios.
También me reuní con líderes de Ak Tenamit, una escuela autónoma Maya que está cambiando la vida de los pobladores creando una nueva dinámica de liderazgo para los próximos años. Hice planes para visitar la escuela esta semana.
Sabía que vendría la tristeza – He leído mucho de la historia y la política de Guatemala por lo que pense me sería fácil, un país dividido por casi cuatro décadas a causa de una brutal guerra civil y devastado como lo ha sido por la explotación de las empresas multinacionales.
Ayer leí en La Cuerda, una publicación ecofeminista producido aquí en la capital, que más de dos tercios de los bosques ricos en biodiversidades de Guatemala ya se han perdido en el último medio siglo. Cada año, más de 70.000 hectáreas de bosque se pierden – a razón de 200 campos de fútbol al día.
Mi primer introspección en la obscura depresión me invadio temprano en la semana mientras me preparaba para reunirme con los coordinadores regionales de FUNDA-ECO, el grupo ecologista mas grande del país. Cuando revisé su página web, encontre una desagradable sorpresa, uno de sus guardas forestales había sido asesinado recientemente y además otros, incluido su director, habían recibido amenazas de muerte.
Cleopatra y Justo, que trabajan con las comunidades en toda la provincia de Izabal, en el este, me tranquilizarón asegurandome que no creían volver a tener problemas. Sentí un profundo malestar y decidí ahondar mas en este tema en la siguiente semana.
De hecho hoy tenía programado dirigirme a la reserva en San Gil, donde Don Samuel había trabajado protegiendo el bosque durante décadas hasta que fue muerto a tiros mientras trabajaba en su oficina en enero. Su trabajo fué reportar a los taladores furtivos de madera, operaciones ilícitas y otras amenazas a la zona, y sus colegas creen que enfureció a la persona equivocada.
Hasta el día de hoy he conseguido de alguna manera evitar la tristeza. Mi tarea autoproclamada es centrarme en las historias de éxito – para demostrar que el compromiso personal y colectivo y la iniciativa están haciendo una diferencia. No me permitiré ahogarme en la negatividad. Es simplemente un lujo que no me permitiré.
Y sin embargo, allí estaba. Sentí como me invadía mientras miraba a la distancia las montañas empañadas por la bruma. Me moría por ver esas colinas verdes durante años, leyendo sobre el resplandeciente quetzal, el tucán, el guacamayo, los heroicos esfuerzos para preservar su extraños hábitat y las heróicas luchas de los pueblos indígenas por proteger sus tierras y su estilo de vida.
Hoy, sin embargo, conforme nos aproximabamos a las brumosas montañas, se me encogió el corazón al verlas color marrón y estériles. Unas fueron devastadas a machetazos y quemadas para dar paso a las milpas de la manera tradicional de roza y quema. Otras más fueron despojadas para proporcionar pastos para el ganado. En otros más, la razón se me escapaba – como una ladera empinada, donde increíblemente vi cómo un hombre preparaba su motosierra para cortar el último árbol que quedaba en una terraza de tocones. A los pies de la colina, como en una especie de resistencia silenciosa, ya sin extremidades, brotando de unas grietas en el tronco unas hojas verdes aferrandose a la vida.
Guarde silencio. Había llegado el fin del que una vez fuese un bosque exhuberante. Ah, flotaba una estela de niebla sobre montañas color púrpura a la distancia. Y al acercarnos acercanos, más laderas color marrón despojadas. Los campos con un plástico rayado, a la espera de siembra – fresas? – Laderas enteras devastadas hasta dejarlas sin un solo árbol que puediese proteger el suelo de la erosión por causa de las fieras tormentas tropicales.
La buena abuela guatemalteca se sentó a mi lado, con las sandalias tachonadas de diamante de imitación y su bolso a juego, me miro con curiosidad mientras levantaba mi cámara para filmar el desastre ambiental desarrollandose a nuestro alrededor. No la podría explicar. No puedo evitarlo cuando veo estas cosas. Siempre he sido así.
Cruzamos un río, enturbiado con un crecimiento verde malsano. Río abajo, las mujeres lavaban su ropa en las rocas.
¿Acaso estos hombres con sus motosierras no ven lo que veo? Esas lluvias habían comenzado ayer estando aún en mi cama, golpeaban el techo con una intensidad violenta, hora tras hora.
Pasamos un pastizal polvoriento, estéril, atravesado de parches de hierba gris. ¿De que se alimentaba el ganado – el polvo?
Volví a pensar en mi abuelo, un campesino de tierra de Missouri, alimentando la tierra con su propio sudor. Año tras año trabajó para restaurar los suelos de la erosión y degradación de esa granja que había comprado con el dinero obtenido tras largos años de árduo trabajo en los ferrocarriles y una fábrica, la misma finca que su padre había arruinado y perdido en la Gran Depresión.
Pensé en todo el cuidado que tomó preservar los árboles en su tierra, donde todavía veo en mi mente su pequeño rebaño de vacas pastando apaciblemente a la sombra de esos árboles. Pensé en su amor por esa tierra, su profundo conocimiento de cada planta, cada animal, cada temporada y sus caprichos, los conocimientos de esta tierra que se irán junto con él. Recordé el momento en que depuso su arma para nunca jamás volver a cazar.
“Miré a esa ardilla, y lo vi mirándome. Simplemente no tuvo el ánimo para hacerlo”. Se rió de sí mismo. Fué criado por su padre, un cazador que se dedicaba a vender los pieles de zorro; él mismo habia alimentaba a su familia de vez en cuando conla caza de un conejo, una ardilla o un ciervo. Hubo un tiempo en que era necesario. Este ya no era el momento.
Sabía que a él también le entristecería ver lo yo veía en estos momentos.
Estamos al finales de la temporada seca, me recordé a mi misma. La próxima vez que venga por aquí, las plantas habrán crecido y todo volverá a ser verde.
Fué entonces que ví la mina de piedra caliza que se alzaba delante de mí. Toda una ladera de la montaña habia sido removida, convertiendola en grava para cemento. ¡Otra ladera más! y otra. El polvo blanco estaba cubriendo todo.
“Cementos San Antonio”; fué orgullosamente pintado de blanco en las laderas estériles.
“Sal si puedes”, rezaba un cartel – el nombre de un río? una ciudad? Literalmente, “vete, si puedes”.
De nada sirve. Hay días en que lo único que puedes hacer es ahogar la tristeza. Ciudad de Guatemala, el largo vuelo a casa y mi abuelo esperan.


























